Felices los felices

Dichosos los que saben que el sufrimiento no es una corona de gloria.

JLB

Aunque le tiemblan las manos sabe servir primero la cerveza ajena. Así por lo menos, siempre encuentra quién lo convide. Mientras tanto, Pablo canta Los Guapos del Abasto con los dientes que tiene y los que le faltan.

En invierno viene bien la flashera ¡Pero ya terminó el invierno, flaco! La flashera no tiene estación ¡Shhh! Bueno me callo y me voy. Vos sabés que es de onda, flaco. Voy a cantar algo que grabara Carlos Gardel en el veintinueve-treinta, con una letra un poco amarga de la vida ingrata ¡Ya lo dijo Aristóteles! Por supuesto. Voy a hacer este tanguito que habla de esas cosas ingratas de la vida y se llama: me da pena confesarlo.

A mi lado, ella llora recordando a algún desamor ¿Se contagia la tristeza?

No es de hombre lamentarse ¡Eso es de hipócrita, no de artesano! Gracias, negro, por aclararnos estas cosas.

Se va terminando mi última hesperedina mientras escucho el diálogo entre Pablo y el público.

Les voy a hacer un valsesito criollo. Señoras, a veces escuché la palabra misoginia que es una cosa horrible, misogínicamente hablando ¡Pues a mi casa no llego el machismo! ¡Porque te hace falta un macho! Señora, hay un espectáculo en curso ¡Pará un poquito, flaca! Vos sos seguridad, hacé algo ¡Si, boludo, me recibí por correo! Bueno negro dale, ya está, dame el changüis, tirame un centro, boludo.

Ahora ya con algo de silencio dice Pablo que acá alrededor no había mucho más pero que este bar ya estaba. La vida era muy diferente. Los mismos borrachos pero menos chicas. No, hace cien años no era así, muchos gauchos y pocas minas. Esta canción es sobre un hombre decepcionado de las féminas.

La situación es un velorio o velatorio. El Gaucho ha muerto. Imagínenlo extendido, rígido. La chica lo llora y llega un tercer personaje que recrimina a la chica por cosas que no ha hecho aún. Porque, según la lógica – no la mía, señora, no me mire así- según la lógica las mujeres son todas iguales. Señora, que no me mire así, yo soy misógino de la rama feminista.

Oíganle a la moza,

llora porque el gaucho

se jue pá los pagos de onde no se vuelve

Y ha quedau solita,

como oveja guacha,

sin tener ni un perro

que por ella vele

No siento su pena,

que ha de ser fingida,

siento las del gaucho

que se jué pa´ siempre.

En este lugar lleno de cuadros torcidos y polvosas botellas, de borrachos felizmente tristes, ya la voz de Pablo, la nostalgia y la embriaguez, callan al reducido público. Y ahora pienso que aunque lo quisiera, aunque lo deseara con lo que me queda de alma, no será mi última vez en el bar de Roberto. Antes de cantar, Pablo pide que se retiren los tristes y los desgraciados y yo salgo al tiempo que empieza a cantar.

¡Milonguera! Lo quiso tu suerte

y siempre pa’ todos milonga serás…

Hasta que te sorprenda la muerte,

ni amor, ni consuelo, ni nada tendrás…

La carta

 

—No sé, pero la envidia es hijueputa, es hijeputa.

—Le voy a pedir una carta al Cardenal.

—¿Vos creés que no te la da?

—De camarada a camarada.

—¡Te la da! Yo te voy a asesorar, hombre. Yo te voy a llevar donde un maje que te asesore. Yo te voy a decir con quién te voy a llevar, broder, en serio. ¡Por Dios, por Dios! Mirá lo que te digo: te prometo, con ese lo vamos a hacer, con Jimmy Sosa. El maje que está ahí, porque ese chavalo fue vicecanciller de él. Y anduvo de monaguillo, y hace lo que yo digo.

—¿No te acordás que ese maje de Jimmy anduvo al tun tun en Ticuantepe? Y era contralor sandinista el hijueputa.

—Y no lo quiere ver el nuevo Cardenal. Por eso lo mandó para allá, lo quitó. Lo mandó a la verga porque no quería ni verga. Lo sacó tirado después que construyó esa gran iglesia. Ese maje me quiere a mí, porque ese maje fue vicecanciller y lo corrió la mama de Humberto. Esa vieja es la que manda, es la que manda.

—Es la de todo el poder ahí.

—La mama de Humberto. Esa es la del poder. Y se lo voló al padre Jimmy: indio hijuelagranputa se va de aquí. Y lo corrió inmediatamente.

—Andaba con sombrero siempre el maje; El Zorro la leyenda continúa, le decían, ¡jajaja!

—Y yo le digo— mirá, hijueputa Jimmy (porque al mae le tengo confianza, si lo conozco de monaguillo), mirá, hijueputa —le digo—, sos caballo, sos caballo. Te quemaste por verga. Porque, ¿cómo le va a salir la monja y pasó encima de ella? Y ese era el veneno de ella, que pasara por encima de ella. Loco —le digo yo—, vos pedile disculpas. Pedile disculpas. Decile: discúlpeme doña Conchita que cometí un gran error. Ta bien, ya te volaron a la verga. Ah, a todo esto, el mae viene de Estados Unidos y traía los contenedores hasta la verga.

—¿De qué?

—De toda verga: refrigeradoras, microondas, hornos, cocinas… toda verga, hermano. Y bueno le digo yo: andá ofrecele a ella (claro, como la vieja hijueputa quiere quedar bien con las empleadas); ofrecele camas, asientos. Entonces llega: —doña Conchita, vengo a ponerme a la orden, es que yo acabo de ir a los Estados Unidos y traje dos contenedores. Tengo camas, refrigeradoras, muebles y todo para usted, y a quien usted quiera regalar. Yo estoy a la orden. —¡Ahí llego el lunes! —le dijo la vieja interesada.

—Así es esa vieja.

—Y llegó la vieja: Padre ¿en cuánto esto? Y el otro maje que le va diciendo: ¿Le gusta eso? Va de viaje. ¿Qué otra cosa? ¿Este televisor? Lléveselo. Le valió verga quedar ensartado, porque él paga, él paga. No jodás, loco, al mes, nombrado: Director General de Cáritas en Nicaragua.

—¡Le llegó, le llegó entonces!

—¡Sí! Y eso le digo, te das cuenta hijueputa, te das cuenta. Te dije, hijueputa, que te alinearas y te iba bien ¿Te das cuenta, hijueputa? ¿No te dije yo? Cómo conozco la mierda. —Yo sé, hijueputa —me dijo— yo sé, gordo hijuelagranputa. El maje es broder conmigo. Entonces el maje, pum, la señora lo apoyó.

—El mismo hijueputa que anduvo con un ataúd y un gallo gritando por Ticuantepe para cuando Bolaños. ¡Se murió el gallo ennavajado! Como una barata: kikirikííí, ¡SE MURIÓ EL GALLO ENNAVAJADO!

—Jajaja, ¿ves cómo es? Ahora está alineado.

—Bueno, ¿entonces, lo podemos hacer?

—Sí, hombre, ese hijueputa de Jimmy me quiere en puta y, de todas formas, me las debe el hijueputa. Yo le digo que te consiga la carta.

—Diaverga pues. ¿Otra ronda?

—La última sí.

—Maje, traete otras dos clásicas, pero como recién casada traelas: vestidas de blanco.

Disfraces

En un pequeño residencial de un pequeño país, los niños pueden cumplir su fantasía de celebrar Halloween como Dios –que es gringo- manda. ‘’Dulce o truco’’ se escucha en las puertas de las casas de ese vecindario semicerrado.  Los primeros llegan a eso de las dos de la tarde, sin sentir el potente sol y vestidos como los últimos superhéroes de Marvel y DC. Aun cuando se repiten algunos disfraces –muchos quieren ser Capitán América- te maravilla la individualidad de estos niños, que por una vez en el año eligen qué ponerse y se sacan el pseudo uniforme que es la Polo Kids en esta parte de la capital. Las que no se sacan el uniforme son las chinas, que los acompañan de casa en casa y algunas aprovechan para hablar entre ellas.

Más tarde, los niños de nueve o diez años, que ya no necesitan china, salen a pedir caramelos. Estos tienden a ir en grupos grandes. La mayoría de las veces tocan los timbres y corren antes de que les abran, aunque el timbre sea en realidad un intercomunicador y el CPF vea todos sus movimientos e intenciones por la cámara de seguridad, pero no voy a ser yo quien le quite gracia a su travesura. Aquí el niño se disfraza de cualquier cosa, porque no se acordó de que venía Halloween y su mama, que antes aprovechaba cualquier cumpleaños de un amiguito para hacer sociales, está peleada con las otras mamas desde que supieron que anduvo en una marcha para despenalizar el aborto.  Se ven toda clase de disfraces improvisados: desde el fantasma con las sábanas que sacaron sin avisar hasta el de futbolista que sólo se puso su kit del Real Madrid. Este año uno, con tijeras y creatividad, le hizo hoyos a su ropa y se disfrazó de niño pobre.

Ya a las seis o siete, cuando recién oscurece, aparece el último grupo de chavalos. Estos son de todas las edades y van sin china. Salen del mismo barrio, pero del otro lado del muro. A simple vista, casi ninguno se disfraza. Y es que no se cambian la ropa que se ponen todos los días. Pero a los que diario son chavalos vagos, huelepegas  y muertos de hambre, se les permite disfrazarse de personas e incluso quedarse con los caramelos que sobran. A veces, en las esquinas menos iluminadas alguno hasta parece niño y eso es lo que más te asusta: en esa esquina no sabés quién es el niño que se disfrazó de pobre o el pobre que se disfrazó de niño

Septiembre, 2014.

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Resaca literaria

El onceavo mandamiento del escribidor –esta es una entrada autoreferencial, llamarme escritor va en contra de todas mis religiones y de la historia de la literatura universal-… el onceavo mandamiento es ”No releerás tus textos”.

Releyendo mi ‘’Vomitando palabras’’ me dio una resaca literaria. Y es que –como con el alcohol- uno se puede emborrachar de palabras grandilocuentes, estilos temerarios e ideas innovadoras para terminar escribiendo un mamarracho (Sí, usé ”mamarracho”. estoy en Argentina y no solo de escaliche vive el hombre).

Al día siguiente, la goma moral literaria es peor que la etílica.

‘’Soy ecléctico, tengo una mente inquieta, por eso leo varias cosas al mismo tiempo’’ es mi ‘’Dostoievsky me gusta pero me parece pesado y respiro con cuentos de Monterroso’’.

Dicen que eso de saltar de libro en libro es culpa del zapping. No sé, pero yo pasé hasta los catorce años con una tele de veinticuatro canales. Mucho zapping no podía hacer.

El punto es que esa mescolanza literaria, ese fondo blanco de ChejovDaríoCasciariEl 19 Digital-TuiterNicaraguaEl Blog de Tito hace que te acostés después de llenarte la cabeza con grandiosas ideas –algunas; otras no tanto- ,que te inspirés con ingeniosas narrativas y que bebás de intrépidos estilos que, por supuesto, te rehúyen cuando te sentás a escribir.

Como el bebedor experimentado, sabedor de los licores que pueden mezclarse, es preciso que aquel lector que intenta garabatear algo propio, sepa cuantos libros, cuentos, noticias, blogs y demás brebajes literarios, necesita para desinhibirse. Y después de cuántos no puede salir a bailar. Menos a escribir.

Debe evitar a toda costa ser como el tipo que después de beber se cree mejor bailarín. A mi pasa lo mismo cuando escribo inmediatamente después de leer: improviso pasos, movimientos, doy varias vueltas y termino mareado y lo que es peor, mareando al que baila conmigo, el lector.

Por eso no releo mis borrachareras. Hay bailes de los que prefiero no acordarme.

No sé dónde leí que escribir es la venganza del que ha leído demasiado. No sé si habré leído tanto, pero ya me estoy vengando.

Lotería

Cuando jugaba futbol –bah, todavía ‘’juego’’ pero digo jugar en serio– ir a penales era una tortura. Una vez, a los trece años y en una final contra La Salle, fue inevitable. Íbamos perdiendo, la segunda final que esos pequeños hijos de puta –ahora sólo puedo recordarlos pequeños, como si los diez años que pasaron me envejecieron sólo a mí- … la segunda final que nos ganaban ese año. Pero, después de una serie de rebotes afortunados, Caro empató faltando 3 minutos para que terminara la segunda mitad.

El tiempo extra fue un martirio para ambos equipos; veintidós chateles con tanto miedo a perder que parecía que nos habíamos puesto de acuerdo para tirar la pelota a cualquier parte. Cuando el árbitro pitó ya todos sabíamos lo que significaba: penales.

Yo me cagué en las patas y le pedí al entrenador que ni loco me pusiera a tirar un penal. No quería ser héroe ni villano.

Pero en la ruleta rusa que son los penales, Mauri y Caro -nuestros mejores tiradores- fallaron los suyos. Por suerte, dos chavalos de La Salle lanzaron directamente al cuerpo de Diego, nuestro portero. Así, seguimos, fallando y acertando como si quisiéramos que esa tanda se extendiera hasta la eternidad, sin vencedores ni derrotados.

Pero desgraciadamente llegó el décimo penal. Lo podíamos tirar Julio –uno que decíamos que era ambidiestro porque con las dos piernas pateaba igual de horrible- o yo.

Una muerte segura en los torpes pies de Julio. Una responsabilidad insoportable en los míos.

Agarré el balón.

Lo puse en el punto penal.

Tomé poca distancia.

Miré al portero.

Fusilé.

Campeones.

Un bombazo al medio que por suerte fue entre los tres palos.

Dicen que los penales son una lotería y ese día lo confirmé.

Un día de estos salió un artículo en La Prensa diciendo que ‘’Los nicas se fían más de su suerte’’. Todo porque la Lotería Nacional vendió más billetes y raspaditas que el año pasado. Me acordé de mi  Mimi, que toda la vida compra la lotería. –Si gano no voy a depender de nadie– me dice a sus setenta y siete años.

¿Alguien cree que a esa gente le gusta jugarse el aguinaldo a una probabilidad de 1 en 60 000?

Creo que esos son sus penales, en un partido que empezaron perdiendo pero se resignan a aceptar el resultado. La diferencia es que contra La Salle solo éramos dos chavalitos nerviosos, uno contra el otro. Ahora, en este otro partido está todo dado para la derrota, todos nacieron para perder.

Pero las ventas de la Lotería Nacional crecieron un 6%.

¡Que sigan raspando!

loteria

A una señorita soñada:

En ese momento de la noche en el que el desvelo inhibe el sentido crítico y uno llega a pensar que lo que escribe tiene algún valor; en una etapa de la vida en la que no conocía a ninguna mujer sin pensar enseguida sí sería una buena esposa;  Guillermo dejó de morder el lápiz y empezó a escribirle.

Querida señorita:

Quisiera empezar estas líneas diciendo que me sorprendí soñándola; eso, sin embargo, sería mentir y nada se puede esperar de una carta que inicia mintiendo tan descaradamente. Permítame explicarle, señorita, por qué sería una insolente falsedad decirle que me sorprendí soñándola. Entonces, podría usted preguntarle a Daniel (Hipólito Yrigoyen 335, 5c) que me conoce mejor que nadie y sé lo que diría: Guillermo no sueña. Ante tal respuesta, imagino que usted podría darse por satisfecha, en tanto explicaría la imposibilidad de soñarla y por consiguiente, de sorprenderme soñándola. No explicaría, claro está, los motivos ulteriores de esta carta. Hasta acá, y habiéndole dicho la mismísima nada, le concedo una oportunidad para abandonar estas líneas.

Me complace que siga usted leyendo, señorita, aunque ya me vea obligado a dar por hecho eso que no puedo asegurar y es que usted continúa con la lectura de lo que ahora escribo. Podría pensar, y le doy la razón, señorita, que ese es un supuesto necesario para todo el que escribe una carta. De todas formas, creo que las probabilidades de que usted haya abandonado la lectura se multiplicaron por dos cuando le di la oportunidad de renunciar a estas líneas; por cinco cuando me arrogué el derecho de concederle oportunidades y por diez con cada vuelta que doy sin decir nada. Suponiendo -como el optimista que soy- que la probabilidad de que usted abandonara esto que le escribo empezó siendo de uno en cien, habríamos alcanzado el cien por cien y la seguridad absoluta de que estas palabras no van a ser leídas por nadie, o al menos, no por usted, que viene a ser lo mismo.

Sin embargo, señorita, hoy decidí pensar en cero probabilidades de que usted me abandone, por lo que aún multiplicando ese número por dos, cinco y diez estoy totalmente convencido de que continúa usted conmigo.

Ahora bien, señorita, volviendo a la posible respuesta de mi amigo Daniel a su posible pregunta: fue posiblemente acertada. Hasta hace una semana, cuando me quedaba dormido por el alcohol -diría que no lograba conciliar el sueño de otra forma pero sería poco ilustrativo puesto que ya mencioné que no conocía el sueño del todo, así que me limitaré a decir que sólo podía descansar luego de grandes dosis de gin barato-… hasta hace una semana me era imposible soñar. 

No sería la primera, señorita, en no creerme cuando digo que al abrir los ojos por la mañana -y con más frecuencia por las tardes- seguía pensando en lo mismo que antes de dormir. Claro está, que la resaca terminaba por desplazar esos pensamientos, que seguramente eran hijos naturales de mi ebriedad. Lo cierto, señorita, es que dormir no me resultaba distinto de un parpadeo, aunque me gustaba menos en tanto tenía que provocarlo con alcohol.

Recordará, señorita, que hace exactamente una semana nos conocimos, borrachos los dos, en la planta baja del edificio. Lo de «borrachos los dos«» es otra de mis hipótesis necesarias, pues lo único que puedo asegurar a ciencia cierta es mi propia ebriedad y no puedo sino suponer que usted estaba también algo pasada de copas -por favor no se ofenda si me equivoco, señorita, que a mi se me pasaron más bien las botellas- … suponer que usted estaba también pasada de copas, para evitar la idea de que tuvo que entablar conversación con un borracho hablantín sin encontrarse en un estado de alcoholemia que hiciera más agradable la situación.

De mi sueño, señorita, lamento decirle que poco recuerdo de sus palabras, pero soñé que me las regalaba su boca que no duda; sé que no pude haber tenido el valor de verla a los ojos pero recuerdo su inmensidad cuando me miraban; además es imposible que alguien como yo merezca su tacto, pero todavía me estremece haberla soñado tan cerca, tan mía.

No me sorprendió haberla soñado, señorita, y es por eso que no puedo permitirme continuar una carta en la que quise empezar mintiéndole. Al menos, podrá constatar que soy un hombre de buenas segundas intenciones.

Todavía podrá pensar que, si dije que acostumbro despertarme con el mismo pensamiento que tengo antes de dormir ¿cómo puedo saber que usted no era una simple continuación de mis imágenes de la noche anterior? Es simple, señorita, a usted solo se la puede soñar. 

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A modo de autoayuda (barata, porque no hay otra)

Les escribo desde el infierno. Sentado en mi sofá, con cierta dificultad, puedo ver algunas cosas en una noche sin luna. Como la calle desolada; la misma a la que alguien le prometió que volvería y lo espera desde hace 28 años. O las luces encendidas en los departamentos de quienes no lo quieren creer, como el vecino de enfrente, que fuma, pensando mil y una formas de meter el gol que erró Higuaín. 

La final me destruyó y no logro dormir. Mucho menos leer sobre el gobierno de Rafael Correa para el final que tengo en menos de nueve horas, con un profesor que va a tener el humor del que perdió la final de un mundial con un gol en el minuto 113. Y contra los alemanes. Otra vez.

Pero no quiero escribir sólo pensamientos tristes; sería injusto cuando este mundial me dejó tantas alegrías. 

Así que, a modo de autoayuda barata -porque no hay otra- y para tratar de salir del hoyo en el que me hallo, me dejo –en realidad es para mi mismo, a ver si así me duermo- una lista de lo lindo que me regaló este mes:

Keylor Navas y la alegría de mi mejor amigo. El gol de Di María a Suiza en un cine de Buenos Aires. La gente discutiendo sobre el partido de Suiza en urinarios e inodoros. Copacabana. Los bikinis en Ipanema. Los siete goles a Brasil vividos en un bar de Río. El abrazo con desconocidos cuando Romero le atajó el penal a Sneijder. Mascherano. El humor de la Paola, sobria, borracha y de goma. La hospitalidad de la Patricia y su memorable lasagna de berenjena ¡Cumpliste! Los australianos cantando ”Brasil decime que se siente” con su español de mierda. El ”no era penal” con el que se saludaban los mexicanos en Brasil.  Las caipirinhas en Lapa. Volver a Buenos Aires cantando en el avión. La gente en sus balcones horas antes del partido. Verlo en mi casa, con mis amigos. 

Todavía no sé si sirvió.

Les aviso.

Nos vemos en cuatro años.

¡¿LO PUSISTE EN 55, NO?!

Mis amigos se burlan de todos los que se consideran parte de las victorias del equipo al que siguen, por el que ríen y lloran. Le tienen pavor a usar la primera persona del plural. Si después del gol de Di María contra Suiza en el 118 les decís ”loco, qué lindo que ganamos” te preguntan cuántos goles metiste.

Por suerte, hay gente diferente. 

Por suerte, en el mundo hay gente que no sólo ríe y llora por lo que once desconocidos hagan dentro de un cuadro de 100 por 50. Somos una pieza fundamental e irremplazable a la hora de alcanzar un sueño.

Empecé a formar parte de las victorias del Real Madrid como a los 15 años. Mi papa me había traído una réplica del Santiago Bernabéu de cerámica, creo que en el 2004. Las gradas, principalmente el fondo sur, el de los ultras, se ensuciaban constantemente. Un día, mientras el Madrid perdía, decidí limpiar el polvo que había cubierto los asientos del estadio; apenas terminé, los goles de Raúl, Reyes e Higuaín -que todavía no metía gol ni en una portería de 15 metros- sellaban la remontada y me dejaban claro la importancia de limpiar el estadio antes de los juegos en casa.

Varios años después y con equipos no necesariamente propios, sigo haciendo mi trabajo. Este mundial, cuando Grecia empataba a Costa Rica en el final del partido y el sueño de mi mejor amigo se destruía por completo, me di cuenta de un gravísimo descuido: tenía puesta mi camisa de Pink Floyd tour europeo de 1989. Llevaba la bandera de Grecia pegada al corazón.

¡Pobre Tiko, por culpa de mi infame distracción su equipo no llegaría al quinto partido! Inmediatamente me la quité. No fue tarde. Navas se convirtió en el héroe. A mí no me gusta salir en las tapas de los periódicos.

El partido contra Holanda también traté de cumplir. Lo vi en Copacabana y andaba un juguete de Lego, un piloto rebelde de Star Wars. Para el que no vio 14 veces en el cine La Amenaza Fantasma, aclaro que su uniforme es anaranjado, como el de Holanda. Como no puedo dejar todo en manos del destino, que tantas veces me falló, decidí quitarle las piernas al pequeño piloto y guardarlas en un lugar separado. No sé, pero a Robben no le salió ninguna.

Ojalá que no crean que me doy más importancia de la que tengo. Soy consciente de que hay gente que trabaja más; es lógico cuando los sueños son más grandes.

Conozco a tres amigos que están cargando con el sueño de 40 millones de argentinos (y un nicaragüense). 

Desde hace un mes, Lucas enciende la tele y pone el canal del partido, el once, de la televisión pública. Sube el volumen sin usar el control remoto. Choclo le pregunta desesperado y como si no lo supiera: ”¡¿LO PUSISTE EN 55, NO?!”. Juan, que tiene memoria fotográfica, les dice dónde y en que posición deben sentarse y el orden en el que deben ir al baño. Todos los días agradezco que exista gente como ellos. ¿ustedes creen que los penales que tapó Romero no tuvieron nada que ver con dejar caer -por quinta vez– un vaso de cerveza en el minuto 39 porque así pasó el día del partido contra Bosnia?

Esta es la sexta vez que esto pasa. La primera vez fue azarosa; las cinco siguientes,  coreografiadas con mucho esmero. Confío en que la séptima vez, todo salga exactamente igual.

Una novela que comienza (Fragmento)

¡Adiós, pues, ser juvenil, bella feminidad en magnífica hora, presta para el amor inaugural en tensa expectación del hecho máximo de mujer, del amor que advierte, si ya no está! Por lo que yo presiento ya ha llegado a ti pero aún no lo sabe toda tu alma; quizá en el hoy sabe sólo que todo aquello y lo único que será y debe ser tu vida está en tu gloriosa cercanía, ha llamado ya a tu pecho, se ha conmovido en la luz de tu camino.

Te saluda alguien en quien en un instante creaste el deseo de tu bien por hechizo de la poderosa y justísima decisión de ser dichosa que refulge en tu rostro, en la retenida moción de tus gestos, y de tus graciosos pasos en la firmeza. Desde el silencio a que retorno, desde las sombras de las cuales no salí nunca para ti, yo que no habité, no habitaré nunca tu camino, que no conoceré nunca el son de tu voz, tus risas, ni miraré tus lágrimas, que no seré nunca una imagen en tu retina ni un pensamiento en tu alma, pero que te he conocido en un instante tan plenamente como si fueras una obra de mi deseo, yo que no creo en la muerte de los que aman, ni en la vida de los que no aman, te digo lo que no me oirás nunca, y que ya sabes: que es imposible que no seas feliz. Y, sin embargo, nos encontraremos; no aquí en la fantasmagoría terrena sino en la eternidad del yo indestructible, continuo y consciente de su eterna continuidad pasada y a transcurrir. ¡Nos hemos conocido y amado, cuántas veces!

 

Macedonio Fernández.

Vomitando palabras.

Vomitando palabras.

Conozco personas con facilidad para escribir; lapiceros y teclados parecen extensiones de su propio cuerpo, y el papel, con todos sus escritos, reflejo perfectamente articulado de sus más creativos pensamientos.

Pueden escribirte una crónica entretenidísima sobre la más cotidiana de las diligencias, el cuento de cómo el miércoles subieron hasta el tercer piso por la escalera porque se jodió el ascensor o o incluso un poema a las manos de la cajera del banco en el que pagaron la cuenta de Movistar.

Otros, desgraciadamente, no susurramos las palabras al papel; las escupimos y las vomitamos. Nos sentamos frente a la laptop y vuelan miles de ideas sobre nuestras cabezas; sin embargo, parecen piezas de quinientos rompecabezas diferentes que –por alguna razón- decidimos mezclar sin buenos resultados.

Un ejemplo claro es que, mientras escribo esto, me invaden las ganas de escribir otra cosa: la historia de un político al que su tío de Boaco, le aconseja actuar como el chayul, lo que lo confunde aún más pues no sabe si ese consejo significaba revolotear sobre la mierda y la basura o, por el contrario, ir hacia la luz y morir buscándola.

Esa historia la vengo pensando desde un viaje a Aposentillo con mi mejor amigo, en el cual, acordamos publicar lo que escribiéramos. Desde entonces, él abrió un blog y publicó más de treinta entradas; muchas de ellas bunísimas. A mí me salieron dos cuentos que publiqué sin corregir, para que no se volvieran uno de esos manuscritos que pasamos años editando y reeditando  hasta que finalmente mueren sin ver luz.

Otra de mis entradas fue sobre ‘’El escritor que no escribe’’ un tema que Monterroso no se cansa de calificar de trillado y aburrido, pero sobre el que él mismo ha escrito en más de una ocasión.

Es tormentosa mi relación con Augusto. Me identifico con la mayoría de sus críticas –como sujeto criticado- y a veces me debato entre seguir escribiendo o abandonar la tarea por imposible. O por dignidad, ya ni sé.

Lo cierto es que con el guatemalteco me ocurre algo parecido a lo que él mismo describe como las consecuencias del encuentro con Borges:

El encuentro con Borges no sucede nunca sin consecuencias. He aquí algunas de las cosas que pueden ocurrir, entre benéficas y maléficas:

1. Pasar a su lado sin darse cuenta (maléfica).

2. Pasar a su lado, regresarse y seguirlo durante un buen trecho para ver qué hace (benéfica).

3. Pasar a su lado, regresarse y seguirlo para siempre (maléfica).

4. Descubrir que uno es tonto y que hasta ese momento no se le había ocurrido una idea que más o menos valiera la pena (benéfica).

5. Descubrir que uno es inteligente, puesto que le gusta Borges (benéfica).

6. Deslumbrarse con la fábula de Aquiles y la Tortuga y creer que por ahí va la cosa (maléfica).

7. Descubrir el infinito y la eternidad (benéfica).

8. Preocuparse por el infinito y la eternidad (benéfica).

9. Creer en el infinito y en la eternidad (maléfica).

10. Dejar de escribir (benéfica).

Augusto Monterroso. Beneficios y maleficios de Jorge Luis Borges.

Ni Borges ni Monterroso me han llevado al punto diez. Además -confieso- aunque antes les dije que era una desgracia, esto de vomitar palabras está empezando a gustarme.